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Josep Maria Solà

Josep Maria Solà

Descripción

UN MAESTRO DEL PAISAJE

No oculto el buen sabor de boca, la admiración y la simpatía que siento por la obra pictórica del artista catalán Josep Mª Solà, un notable representante de la escuela paisajística olotense del que hasta hace poco tiempo apenas tenía conocimiento. El estudio de su obra, su contemplación, me ha permitido descubrir a un joven maestro del paisaje  poseedor de un estilo peculiar y una sensibilidad poco común.

La visión de sus obras me retrotrae a la memoria los paisajes de los grandes maestros catalanes de finales del siglo XX que vieron en la contemplación del paisaje y las gentes de su terruño la inspiración de sus temas. Como ellos, este joven artista se introduce en la naturaleza íntima que le rodea, tan familiar y conocida por él, para componer sus paisajes.

Josep Mª Solà, en efecto, se siente retraído por un paisajismo raigal, que conoce muy bien, y que oscila entre la secuela de un realismo barbizonista y la de un impresionismo mediterráneo, y de ello sabe conjugar elementos con sensible habilidad válida para la plasmación de unos rincones amables o unas panorámicas de campos jugosamente interpretados. Pero donde verdaderamente alcanza su maestría pictórica, a mi parecer, es en esos formidables celajes y ambientes de luces, sombras y claroscuros que provocan las variaciones horarias y estacionales.

Para conseguir ese alto grado de fidelidad ambiental recurre a una técnica realista, en la que apenas están presentes los toques impresionistas de pincelada larga y espontánea. Sí, en cambio, una pincelada justa y un dibujo preciso. Con ello consigue recrear el agua sobre un fondo de montañas nevadas, construcciones rurales, trochas, puentes, masías, pueblos, árboles frutales y pinos que dejan a través de sus ramas filtrar los rayos del sol, emanando de sí la belleza decadente de las viejas y bucólicas visiones románticas que trasladan a tiempos pasados, a momentos entrañables y a recuerdos que sólo permanecen en nuestra memoria y que no volverán.

A pesar de este regusto por el pasado, su pintura permanece fresca, actual y joven, atractiva para el espectador, que se contagia de la alegría, de la sensualidad y la hermosura del paisaje. Sensible a la percepción de la naturaleza que le envuelve, atento a su aspecto lírico, recrea con sabiduría un entorno propio, familiar, que es agradable. No es sensibilidad pompieril manifestada más o menos gratuitamente, sino pintura ágil, fresca y rotunda a un tiempo. En este sentido tiene la obra de este joven artista un interés específicamente pictórico.

Sus composiciones nos revelan un verdadero pintor del siglo XXI a contrapelo de modas y movimientos postmodernos, que posee una gran personalidad, sensibilidad y dominio de una cocina pictórica que lo acreditan como uno de los grandes representantes de la escuela catalana, y en particular la olotina. Pese a su juventud, sigue afianzándose en el panorama artístico español con paisajes de cuño tradicional que deben ser considerados entre los más notables del arte figurativo español que en esta entrada del tercer milenio está necesitando de muchos artistas de su talento, inteligencia y sensibilidad.

 

FRANCISCO AGRAMUNT LACRUZ

Doctor en Historia del Arte

De la asociación internacional de Críticos de Arte

Académico de las reales Academias de Bellas Artes de San Carlos de Valencia y de Córdoba